Grian – Guerreros del Arcoiris

Decididos a crear un nuevo mundo

¡Guerreros!

Este blog se ha trasladado a la siguiente dirección

http://guerrerosdelarcoiris.midnightsun.com.es

Para leer este post…

CLICA AQUÍ

Instantes antes del partido. El que desentona, por edad y por vestimenta, soy yo, cómo no.

Hace 26 años que, por motivos que no vienen ahora a cuento, abandoné la práctica del rugby, un deporte en el que me introduje a los 14 años en un buen equipo de mi país y que marcó mi vida de un modo poderoso y positivo.

El rugby es un deporte que te «engancha» y que, cuando lo abandonas, añoras profundamente; de modo que no resultará extraño que, a pesar de contar ya con 53 años, me dirigiera al campo de césped de las pistas de atletismo en cuanto me enteré de que en mi pueblo se había vuelto a crear un equipo de rugby. Claro está que no pretendía jugar (aunque aún puedo hacer algunos buenos placajes), pero no podía soportar la idea de tener tan cerca un equipo de rugby y no intentar ayudar y estar cerca del terreno de juego.

Los chicos del equipo, que salvo tres o cuatro son nuevos en este deporte, han ido asimilando a este viejo jugador con el paso de los días; en tanto que yo, poco a poco, intentando no pasarme de listo, he procurado transmitir mucho de lo que aprendí en los años en que me dediqué a este noble deporte. Y en este caso lo de «noble» no es una forma retórica porque, posiblemente, el rugby sea el único deporte con un código ético incorporado, con un código de honor casi caballeresco.

En un partido de rugby se puede jugar a cara de perro, casi con el cuchillo entre los dientes, en una lucha feroz con el contrincante por intentar clavarte por la fuerza en su área de ensayo o por intentar impedírselo a él. Pero, al final del partido, los dos equipos (aún con moretones, o sangre en labios y cejas) nos vamos juntos a tomar una cerveza (o diez), a comer o cenar juntos, hablando de nuestra pasión compartida. Eso es lo que llamamos el «tercer tiempo». Y en esa combinación de combate salvaje cuerpo a cuerpo y de camaradería sincera y caballerosidad entre los contrincantes radica gran parte de la belleza y la mística de este deporte, uno de los más hermosos y espectaculares que ha podido idear el ser humano.

Pues, bien, con el paso de los días, de los entrenamientos y de los primeros partidos, he ido encariñándome de estos muchachos, no sólo por el devenir natural de las relaciones humanas, sino también por la admiración que despierta en mí el ver el talante y la disposición de muchos de ellos en el campo de juego.

Como digo, la inmensa mayoría de ellos son novatos, y en los partidos se las están teniendo que ver con «sujetos» que no sólo pesan más de cien kilos y son fuertes como toros, sino que, además, llevan años jugando al rugby y saben muy bien cómo cargar, cómo percutir, cómo derribar a un contrario; dicho suavemente, cómo hacerle «dudar». Y, sin embargo, mis chicos (porque ahora son ya «mis chicos») no se han dejado amilanar en ningún momento. Son novatos, sí, pero han luchado con coraje en los partidos, arrojándose con furia y arramblando al contrario (sin técnica de placaje aún, pero apretando los dientes), cuando el equipo contrario intentaba entrar por las bandas; rehaciéndose y recuperando el espíritu de lucha ante cada ensayo de unos contrincantes más experimentados que ellos; e incluso marcando ensayos por fuerza y por coraje, cuando no es nada habitual que un equipo recién nacido le marque un ensayo a un equipo experimentado.

Requena Rugby Club: "Mis chicos"

La inmensa mayoría de «mis chicos» todavía está aprendiendo a jugar al rugby, pero ya me tienen gratamente admirado. Muchos de ellos llegarán a ser buenos jugadores (si insisten y no abandonan, claro está) y harán aún más grande este deporte. Pero lo bueno es que TODOS ellos saldrán de esta experiencia reforzados en su vida, con una mayor confianza en sus posibilidades, con una mayor autoestima, con un marcado espíritu de lucha, con una mayor nobleza de carácter, con un fuerte espíritu de camaradería, con un código ético, un código de honor, que les acompañará para siempre. De hecho, muchos de ellos se convertirán en verdaderos caballeros; quizás rudos a veces, quizás cortantes otras, pero caballeros nobles al fin y al cabo.

Y aprenderán también que hay una manera diferente de sufrir las desgracias en el campo de juego de la vida; aprenderán que, a diferencia de otros deportes donde imperan el llanto y los lamentos, en el rugby le curan a uno la brecha en la ceja estando de pie y sin perder de vista el partido, y que un doloroso esguince en un dedo (o dos, o tres) no te va a impedir participar en el próximo partido: uno se entablilla los dedos con esparadrapo y sale al campo sin pensar en el dolor.

Ése es el espíritu del rugby. Y ése es también el espíritu del Guerrero del que vengo hablando en mis libros, en mis charlas o talleres, en los reducidos ambientes de camaradería del Proyecto Avalon, o en este mismo blog (véase el post «¿Por qué “Guerreros”?»).

El arquetipo del Guerrero (y volvemos una vez más a Carl Gustav Jung) es el molde psicológico de aquél que emprende la acción por un objetivo noble, incluso sublime; de aquél que opta por la vía del coraje frente al miedo, de quien está dispuesto a sacrificar su comodidad y su bienestar por un bien mayor para su grupo, su comunidad (para su tribu, dirían los guerreros nativos americanos), y de aquél que tiene un profundo sentido de la camaradería, no sólo con sus compañeros y afines, sino también con los contrincantes que han mostrado su valor y su nobleza.

Y éste es el arquetipo, el molde psicológico, al que tendremos que recurrir necesariamente todos aquellos seres humanos que anhelamos un mundo mejor, más justo, sostenible, solidario y no-violento (no olvidemos que, para Gandhi, la no-violencia es la máxima expresión del valor y el coraje frente a las injusticias). Ante la actual situación mundial de destrucción de la vida y del medio ambiente, de una casi absoluta ausencia de honestidad e integridad en la sociedad, de injusticias y desmanes, de violencia y guerras, lo que se exige de nosotros es la actitud sublime de una lucha sin cuartel (pero sin enemigos humanos a quienes destruir, como en el rugby) por un nuevo mundo y una nueva humanidad, por una sociedad verdaderamente «humana» al fin, justa, responsable de sí misma y del resto de especies que pueblan el planeta, compasiva con sus semejantes y dispuesta a resolver los conflictos por la vía que más valentía puede exigirle a un ser humano, la vía del que planta cara pero no levanta la mano, la vía de la no-violencia.

Y que nadie piense que recurrir a ese molde psicológico del inconsciente colectivo humano, a un arquetipo, va a ser algo poco práctico, por muy romántico que sea. No tendrá más que leer a los genios del estudio de la psique, de las culturas y de las civilizaciones humanas, como Jung, como Campbell o como Toynbee, para percatarse de que, posiblemente, ésa sea nuestra única solución, la única salida a lo que, de otro modo, se perfila ya como un desastre de proporciones globales.

Si queremos sobrevivir como especie tendremos que recurrir una vez más a los guerreros; pero no a los guerreros de antaño del matar o morir, sino a los Guerreros del ahora, del salvarnos todos o morir, los Guerreros pacíficos, no-violentos, henchidos de coraje, de bravura, de furia, como «mis chicos», dispuestos a hacer lo que haga falta para sacar a la humanidad y a la vida toda en este planeta del cenagal en el que se encuentra, dispuestos a batirse a vida o muerte por darle un futuro a la humanidad, un planeta en el que vivir a las generaciones venideras.

Mis chicos han venido a recordarme de qué materia y de qué espíritu estamos hechos los que alguna vez jugamos al rugby; la misma materia y el mismo espíritu de todos aquéllos y aquéllas que vamos a luchar a cara de perro para que la estupidez humana no termine con la belleza y la vida de este planeta…
…a despecho de quien se ponga por delante, como en el rugby.

(Para más información sobre la necesidad del arquetipo del Guerrero ante la actual situación mundial, puedes descargarte gratuitamente un pequeño e-book mío, El punto crucial, si te suscribes a la newsletter de Midnight Sun – Creando un nuevo mundo, en http://www.midnightsun.com.es/newsletter.html.)

junio 8, 2010 Publicado por | Guerreros del Arcoiris, No-violencia | , , , , , | 2 comentarios

Entre mi hija y John Lennon

Este blog se ha trasladado a la siguiente dirección

http://guerrerosdelarcoiris.midnightsun.com.es

Para leer este post…

CLICA AQUÍ

Bendita rebeldía

Esta tarde he mantenido una larga conversación con mi hija por teléfono. Y, luego, no quedándome satisfecho, le he escrito un largo correo, que ha brotado de mis dedos como un torrente, sin pararme a mirar dónde iba un punto y seguido o donde un punto y aparte.

Mi hija, Diana, es una joven de 25 años, rebelde en su línea, con el cabello de un caoba chillón y un flequillo que le oculta medio rostro. Viste siempre de negro, a la moda de su tendencia juvenil, y se maquilla los ojos exageradamente de negro.

Los necios, los que no ven más allá de las apariencias externas, piensan que estos jóvenes tienen algo mal en la cabeza. Pero eso es sólo lo que piensan los necios. La mirada atenta, más allá de la superficie, les desvelaría un mundo totalmente diferente.

Si recurrimos a la sabiduría de Jung, para ver las señales simbólicas del inconsciente colectivo humano, veremos que estos jóvenes se visten así y se maquillan así como un reflejo directo de lo que sienten, consciente o inconscientemente, respecto al mundo que les rodea, el mundo que les hemos dejado sus mayores. Muchos de ellos son almas sensibles, almas tiernas en la flor de la existencia, que viven con dolor el mundo que les rodea. Su desesperanza la reflejan en su manera de vestir y de mostrarse ante el mundo, en sus músicas y en sus gustos.

Es su manera de protestar, de gritarle a la sociedad que este sistema apesta.

Eso es lo que los necios no son capaces de ver, porque los necios sólo ven la superficie de las personas y de las cosas… y porque los necios ni siquiera son conscientes de que el sistema social que les hemos legado a nuestros hijos apesta hasta la náusea.

Posiblemente, si yo tuviera la edad de mi hija, también vestiría de negro, me pondría piercings, y me maquillaría como un cadáver.

Nosotros, la gente de mi generación —la llamada Generación Woodstock— hicimos exactamente lo mismo cuando éramos jóvenes: protestar ante el sistema con nuestra manera de vestir y de comportarnos, con nuestra música y nuestros gustos. Pero hay una diferencia, claro está. Nosotros, la generación de los 60 y 70, vestíamos con colores vivos y exhibíamos una gran vitalidad y desinhibición en nuestra manera de protestar (los líderes hippies, en su paroxismo, instaban incluso a hacer el amor en los parques de las ciudades). Pero esta diferencia no es tal cuando miramos el fondo del asunto, cuando miramos más allá de la superficie.

En los años 60 y 70, los jóvenes teníamos la esperanza de cambiar el mundo, de hacer un mundo mejor (algunos no la hemos perdido), y eso se reflejaba en todo lo que hacíamos: en nuestro aspecto, en nuestras modas, en la música, en todo. La esperanza en la posibilidad de un mundo mejor lo tintaba todo en aquella generación con los colores del arco iris, colores vivos, intensos… “psicodélicos”. El hombre acababa de llegar a la Luna, los Beatles cantaban “Todo lo que necesitas es amor”, nacían las primeras organizaciones pro derechos humanos, pacifistas y ecologistas, y la presión social por la paz conseguía cambiar la opinión pública en los Estados Unidos al punto de hacer fracasar la guerra de Vietnam. Fue la primera guerra televisada… y la última. Los políticos americanos habían perdido la guerra en las calles de su propio país.

Pero a partir de mediados de los 70, cuando comenzó a verse que el sistema había sido más fuerte que la contracultura juvenil, cuando la gente joven comenzó a ver que el sueño no se iba a hacer realidad (al menos, no de momento), los jóvenes cayeron en la desesperanza. Eso se tradujo en una nueva manera de protestar con la forma de vestir y de comportarse, así como con unas músicas nuevas, con letras y actitudes más agresivas, fruto de la desesperanza. Nació el punk y todos los movimientos que se irían generando después a partir de esa desesperanza. Los colores vivos dejaron paso a los colores oscuros y al negro; las caras maquilladas con rojos, amarillos y verdes se maquillaron entonces de negro; y las flores y las cintas en el cabello se transformaron en imperdibles y candados y, con el tiempo, en piercings.

En definitiva, el mismo fenómeno de rebeldía social juvenil, pero con diferentes emociones: la esperanza se había convertido en desesperanza.

Así pues, no seré yo quien juzgue a los jóvenes de hoy por sus actitudes y por su aspecto. Al fin y al cabo, los jóvenes de ahora están haciendo lo mismo que hice yo: protestar con nuestro aspecto y nuestra manera de conducirnos, con nuestra música y con nuestras modas, ante un sistema social injusto, inhumano, demencial, que prima el egoísmo a ultranza, que destruye la belleza de nuestro planeta y que ve en la guerra una forma lícita de hacer negocio.

No, los jóvenes de ahora no han perdido los papeles ni son unos inadaptados ni nada de todo eso (¡lo mismo decían de nosotros!). Quizás sean inadaptados en relación con un sistema enfermo; pero profundamente adaptados —aunque muchos no sean conscientes de ello— con los principios básicos de la vida, que les dicen que el sistema apesta; de ahí su rebeldía.

Sí, son jóvenes, y como jóvenes que son (y al igual que nos ocurrió a nosotros entonces) cometen errores de bulto por su inexperiencia vital. Pero tienen las ideas más claras que la mayoría de los necios “sensatos” que mantienen en movimiento inconscientemente los engranajes de esta sociedad enferma, pensando que así son las cosas y así es como deben seguir siendo.

Sí, quiero decir en voz alta, y para que todo el mundo me escuche, que me siento orgulloso de mi hija. Y me siento orgulloso de ella porque es ella la que decide sus pasos en la vida, pasando de lo que puedan decir los necios; porque es capaz de pensar por sí misma y no al dictado del represor social interior al que obedecen los necios; y porque mi hija está protestando a su manera frente a la anti-vida de nuestra sociedad. Yo lo hacía con mi cabello largo, con mi cinta en el pelo y poniéndome margaritas en mi cazadora vaquera. Ella lo hace con su cabello caoba chillón, con sus ojos pintados de negro y con sus piercings en los labios. ¿Qué diferencia hay? Tan sólo la que media entre la esperanza y la desesperanza.

Y eso es lo que me preocupa, la desesperanza.

Si tantos de nuestros jóvenes se muestran desesperanzados ante el mundo que les estamos dejando es porque las generaciones anteriores estamos haciendo algo mal. Sí, los boomers de los 60 y los 70 tuvimos el coraje y la valentía de iniciar la protesta generacional que el inconsciente colectivo de la humanidad reclamaba, tras el horroroso holocausto de seres humanos de la Segunda Guerra Mundial; supimos alimentar nuestras esperanzas y nuestros sueños en que el mundo podía ser mejor (“Yes, we can”, ¿os suena? Lo decía hace poco el hijo de una hippie). Hicimos un gran trabajo como generación… pero cometimos el error de rendirnos demasiado pronto (y el hermano John era consciente de ello).

Cambiar el mundo es una obra de titanes, y no puedes pretender realizar tal prodigio en sólo dos o tres décadas. Quizás necesitemos trabajar durante tres o cuatro generaciones (la estupidez humana está tan arraigada como un cáncer terminal) para poder decir «Éste es el mundo con el que yo soñaba». Pero la desesperanza que un amplio sector de nuestros jóvenes nos transmite desde ese inconsciente colectivo de todos nos indica que son demasiados los que han bajado los brazos dentro de nuestra generación.

¿Qué mundo les estamos dejando a nuestros hijos? ¿Acaso nosotros, que nos quejábamos a nuestros padres del mundo que nos habían dejado, vamos a terminar haciendo lo mismo, después de tanto despotricar, de tanta rebeldía, de tantas brechas abiertas en los muros del todopoderoso sistema?

No podemos hacer eso. No podemos bajar los brazos y dejarles a nuestros hijos y nietos una labor que nos pertenece a nosotros, aquel trabajo que empezamos pero que no hemos terminado. Y no podemos hacerlo porque la historia, el alma de la humanidad y nuestra propia alma nos lo reclamarán cuando nos hayamos ido al otro lado.

Quizás no podamos hacer realidad el sueño que tuvimos en nuestra juventud, pero al menos deberemos dejar sembradas las semillas de la esperanza, para que nuestros jóvenes tomen nuestro testigo con la fe en sus propios sueños.

Se lo debemos al joven que fuimos. Se lo debemos a nuestros sueños más preciados. Se lo debemos a nuestros hijos. Se lo debemos a nuestros nietos. Se lo debemos al género humano y al planeta Tierra…

John Lennon: Flower Power sólo fue el principio de la revolución

John Lennon dijo en cierta ocasión: “Nuestra tarea consiste en hacerles ver que todavía hay esperanza, que todavía tenemos cosas que hacer, y tenemos que salir ahí afuera y hacerles cambiar de opinión y decirles que sí, ¡que podemos cambiar las cosas! El hecho de que Flower Power [el movimiento hippie] no funcionara no significa que todo terminó. Eso sólo fue el principio, el nacimiento de la revolución. Estamos sólo en los inicios del cambio».

Señoras y señores de la Generación Woodstock, eternamente jóvenes en la historia y en el alma colectiva humana, entendedlo: todavía nos queda trabajo que hacer… aunque sólo sea por no dejar en mal lugar al hermano John.

No se lo merece. No nos lo merecemos nosotros. No se lo merecen nuestros hijos.

marzo 3, 2010 Publicado por | Cambio social, Un nuevo mundo | , , , , , , , , , , | 4 comentarios

¿Por qué “Guerreros”?

Este blog se ha trasladado a la siguiente dirección

http://guerrerosdelarcoiris.midnightsun.com.es

Para leer este post…

CLICA AQUÍ

El buque de Greenpeace, "Rainbow Warrior", "Guerrero del Arcoiris", tras ser hundido por los servicios secretos franceses en el puerto de Auckland, en 1985.

El buque de Greenpeace "Rainbow Warrior", "Guerrero del Arcoiris", tras ser hundido por los servicios secretos franceses en el puerto de Auckland, en 1985.

¿Por qué «Guerreros del Arcoiris» y no «Pacificadores del Arcoiris», por ejemplo?

Puede que más de uno o una se haga esta pregunta.

A ello respondo en mi libro (e-book) El punto crucial: la esperanza de un nuevo amanecer en la Tierra. Ahí, me remito a las teorías de Jung sobre los arquetipos y el inconsciente colectivo humano.

Como dice el Dr. Robert L. Moore, profesor de la Universidad de Illinois, en su prólogo al libro de Robert Schnarr, The Art of the Spiritual Warfare: «Carl Jung desafió valientemente a los teólogos de su tiempo, que solían reducir el mal a un concepto teológico, evitando afrontar su terrible intervención en nuestras vidas. Nos instaba a reconocer el enorme poder del Mal Radical, tanto dentro de nosotros como en el mundo exterior. Veía nuestro desarrollo personal y espiritual como una lucha por la consciencia del mal, y resaltaba la importancia de desarrollar el coraje para enfrentarse a él. De hecho, los fundamentos básicos del discernimiento espiritual dependen de un acceso adecuado a los potenciales del arquetipo del Guerrero en la psique humana…»

No se trata, por tanto, de un ejercicio de fantasía en la mente de una persona inteligente aunque, de algún modo, desequilibrada.

Sí se trata, en parte, de un profundo ejercicio interior en el que debemos trabajar con la imaginación creadora, tal como la entendía Jung, o como pudieron entenderla filósofos como Ibn Arabi o Henry Corbin; un ejercicio «imaginal», que no «imaginario». Pero esto sería largo de desarrollar aquí.

Por simplificar, me remitiré a lo dicho en El punto crucial:

«El arquetipo del Guerrero es un importante principio de configuración del alma personal y del alma colectiva. El Guerrero es aquél que se consagra en cuerpo y alma a un objetivo trascendental; es el que está dispuesto a pasar por privaciones, a asumir peligros, riesgos o dificultades para alcanzar su objetivo. Como dice Dobson [profesor de la Universidad de Toronto], vive en estado de alerta —entiéndase “lucidez mental y de consciencia”— y mantiene una lucha constante con el miedo —es decir, consigo mismo y con sus pulsiones más bajas. El Guerrero es alguien que está dispuesto a aceptar su propio sacrificio en aras de su objetivo o en defensa de los débiles —entiéndase, ha comenzado a superar sus tendencias egoicas y egocéntricas, y se mueve por compasión. El Guerrero, como se puede ver en las sagas de los Caballeros de la Tabla Redonda o en el código ético de los guerreros nativos americanos o de los guerreros orientales de China y Japón, es una persona de honor, una persona íntegra, honesta, veraz… auténtica. Acepta el compromiso, y lo pone en acción. Las palabras no le convencen; necesita ver obras.»

(En El punto crucial: la esperanza de un nuevo amanecer en la Tierra, p. 30. Si desea leer este pequeño e-book, puede descargárselo gratuitamente, previo registro en nuestra lista de correos, en http://www.midnightsun.com.es/newsletter.html.)

Éste es el motivo de poner «Guerreros del Arcoiris» como título de mi blog (así como de un espacio de la Newsletter de Midnight Sun), como una forma de enlazar con las imágenes y los arquetipos del inconsciente colectivo que tan necesarias son en nuestros tiempos; en este caso concreto, unas imágenes que emergieron a la superficie en las tradiciones nativas americanas (a las que, por cierto, Jung también tuvo en muy alta estima).

octubre 3, 2009 Publicado por | Activismo, Guerreros del Arcoiris, Nueva Conciencia | , , , , , , | 2 comentarios

   

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.